25 de julio de 2014

Agonía bajo mis pies


Crónica urbana realizada para la materia Análisis literario y redacción (Stengele)
FADU - UBA - 2014

Siempre viví en la misma zona de Buenos Aires.
Desde que nací me crié en el barrio Villa Santa Rita, desconocido para muchos y tan familiar para los que lo frecuentamos. Paternal, Villa del Parque y Devoto siempre fueron los destinos de mis salidas con amigos y mi primer trabajo lo tuve en Chacarita, por lo que siempre me mantuve relativamente cerca.


Hace unos años me mudé a Monte Castro. Rodeado de lugares familiares como Devoto, Villa del Parque, Villa Santa Rita y Floresta. Otro barrio por lo general desconocido, de casas bajas, calles tranquilas, con muchos pasajes y pocos edificios. Me resulta raro pensar que toda mi vida se desarrolló en un grupo muy reducido de barrios, caminando las mismas calles, tomando siempre los mismos colectivos. Sin embargo siempre me sorprendo con pequeños cambios que descubro. Algunos galpones se transformaron en ph modernos de no más de dos o tres pisos, con frentes de laja o piedras y luces dicroicas. Negocios que se renovaron y otros siguen donde siempre. Algunas casa que hasta hace poco eran nuevas, ya dejan ver el paso del tiempo en las paredes con humedad, grietas y las rejas blancas con pequeñas manchas rojas por el óxido. Paredes que algún momento fueron blancas y hoy lucen distintos tonos como consecuencia de viejos grafitys tapados.

Las veredas, un lugar de permanente tránsito, renovación y cambio, muestran el paso del tiempo de forma muy notoria con sus “parches” más o menos grandes. Desde una esquina a la otra se pueden ver distintos bloques de vereda; la mayoría comienzan y terminan con cada casa; por ejemplo los grandes baldosones sin ningún dibujo, de forma rectangular, de unos sesenta centímetros por cuarenta centímetros, siempre grises y fríos. Recordados como el terror de los días de lluvia y las suelas lisas. También se pueden ver esas pequeñas y antiguas baldosas cuadradas, amarillas o marrones, con rayas, de unos quince centímetros por quince centímetro. Siempre rotas, flojas o de diferentes colores. Otras más actuales, remarcan el estilo de ciertas casas “modernas”. Bloques cuadrados de cuarenta por cuarenta, negros y brillosos como si estuvieran barnizados ayer, aunque también los hay desgastados y arratonados.

Este paisaje a nivel del suelo, tan heterogéneo y dispar, me trae a la memoria los recuerdo de cuando era chico y jugaba en la calle. Cada trayecto de una, cinco o veinte cuadras era el comienzo de una nueva partida y el tablero estaba en el piso. Las reglas eran simples: no se podía pisar las rayas o las uniones, también debías seguir por una misma línea de color y cualquier baldosa floja era una mina que explotaba y te hacía perder automáticamente.

En contraste con estos mosaicos de la vía pública, podemos cruzar algunas veredas nuevas de los últimos años, hechas solamente con cemento desde el cordón hasta la línea de las casas. Una superficie rayada de forma perpendicular a la calle y con bordes alisados de unos quince centímetros; conformando un monocromo gris con juntas divisorias de alquitrán. Idénticas en mi barrio y en el micro centro, en Colegiales y en Mataderos, dan la sensación de algo industrial, sin identidad ni sentimiento alguno. Nadie las reconoce como propias. Son negadas. Son ignoradas.

Me pregunto cómo harán los chicos para jugar en estas condiciones.
Me pregunto: ¿Quedarán chicos que jueguen en la calles?
Los adultos hace ya muchos años que dejamos de prestar atención a lo que pasa en las veredas. Desde aquellos tiempos en que la gente, en su mayoría de avanzada edad, sacaba el banquito a la puerta de su casa, y mientras tomaba mate y escuchaba la radio portátil, veía el paso de los autos y de los vecinos hasta que el sol desaparecía completamente. Desde aquellos tiempo, la vereda a dejado de tener un papel activo en la vida del ciudadano.

Tal vez por eso estén cambiando las veredas, porque a nadie le interesaba tener una vereda especial, porque a nadie le interesan. Al fin y al cabo ya no se viven, son simplemente un momento intermedio entre una u otra situación: el paso del auto a la casa, salir a pasear el perro o ir caminando al colectivo mientras miro el celular.
Dejadas en el olvido, destruidas por obras sin terminar. Poco a poco todas se van convirtiendo en ese frío gris del cemento.


Quizás sea tiempo de agachar la cabeza y apreciar los últimos destellos de vida antes de que la jungla de cemento sea una realidad absoluta.

2 comentarios :

  1. Ayer volvía a casa desde el trabajo y a una cuadra de casa frené de improviso porque una pelota cruzaba rodando sin mirar a los costados. Tuve un par de segundos para mirar hacia la izquierda a 4 niños que se agarraban la cabeza sufriendo, y hacia la derecha a tres señoras sentadas con banquetas en la vereda mirando a los chicos y tomando mate... Y hacía FRIO!!! En Parque Patricios siguen pasando esas cosas, solo que yo paso muy rápido y no las veo ^^

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    1. Son los reductos rebeldes que lideran la resistencia!!!!
      AYUDAME PARQUE PATRICIOS.... eres mi única esperanza!

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